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viernes, 13 de junio de 2008

Romance del prisionero

Al hilo de lo que hablábamos ayer (calandrias y ruiseñores) me ha venido a la cabeza esta poesía, que tengo grabada a fuego desde que me la aprendí de memoria en el colegio.

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sino yo, triste, cuitado,
que vivo en esta prisión;
que ni sé cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.


Es de un tal Anónimo, escritor prolífico donde los haya, y está recopilada dentro de un grandes éxitos titulado Romancero Viejo. A riesgo de resultar demasiado analítico, hay ciertas cosas de esta rima que me llaman la atención:

- Hace calor en Mayo: debe ser cosa del cambio climático. En la época en que se escribió supongo que el verano iba de Junio a Abril. Por que lo que es este año, yo por lo menos en Mayo no he visto más que lluvia, y me he recorrido España de cabo a rabo unas cuantas veces.

- Los enamorados sólo cumplen en Mayo: pues digo yo que de aquellas, sin calefacción ni nada, deberían estar más arrimaditos en Diciembre, por aquello del calor corporal.

- El final es lo más curioso: el tipo (que por cierto algo habrá hecho para estar encerrado, no debería inspirarnos compasión) no sabe si es de noche o de día, de lo cual se deduce que está encerrado en algún lugar sin acceso al exterior, pero sin embargo distingue sin problemas el canto de una avecilla. Y no sólo eso, sino que dando muestras de un oído prodigioso detecta el sonido de la ballesta previo al cese de los latidos del corazón del pajarillo.

Vamos, que la poesía me encanta, pero la trama no se sostiene.

jueves, 29 de mayo de 2008

El caballero de la mano en el pecho

Corría el año 1584. Se acababa la obra de El Escorial. Moría Iván el Terrible. Y un tal Domenikos Theotokopoulos, que no es el pivot del Madrid sino el mismísimo Greco, se ponía a pintar a un caballero con la mano en el pecho. El cuadro, que tiene por oríginal título El Caballero de la mano en el pecho es también conocido como El juramento del caballero.


Del segundo título se deduciría que el caballero está jurando cual ministro español, pero la cosa parece no estar tan clara. Manuel Machado, unos añitos después, nos expone otra teoria

Este desconocido es un cristiano
de serio porte y negra vestidura,
donde brilla no más la empuñadura
de su admirable estoque toledano.

Severa faz de palidez de lirio
surge de la golilla escarolada,
por la luz interior iluminada
de un macilento y religioso cirio.

Aunque sólo de Dios temores sabe,
porque el vitando hervor no le apasione
del mundano placer perecedero
en un gesto piadoso, y noble y grave,
la mano abierta sobre el pecho pone,
como una disciplina, el caballero.


Vaya, que opina que se trata de un gesto piadoso, de una coraza frente a la obscena influencia del mundo real, de las tentaciones mundanas, que nada tienen que ver con el noble espíritu del caballero.

Pues yo tengo otra teoría: una bursitis. ¿En qué me baso? Pues en varios detalles. El primero: la espada. Se ve que la empuñadura no es demasiado ergonómica. Si se usa de forma frecuente, provocaría problemas en las articulaciones. Segundo: la cara de poca satisfacción, de dolor sordo contenido. Está claro que algo le pasa. Tercero: el ángulo de inclinación del brazo. Claramente de reposo, mientras que si fuese un juramento o una protección sería más firme.

Mi teoría puede verse influenciada por el hecho de que estoy escribiendo con un codo envuelto en hielo, lo reconozco, pero rigor no le falta.

martes, 19 de febrero de 2008

La leyenda del roble

No sé por qué, pero últimamente me veo embargado por una ansiedad lírica que me desborda. Debe ser la edad, que ha acrecentado mi sensibilidad hasta límites insospechados. Tantos años negando el romanticismo intrínseco a mi persona han acabado por desbordar mi resistencia a la belleza de las palabras.

Y han venido a mi memoria estos viejos versos, que han corrido de boca en boca durante incontables generaciones. Mis mejores recuerdos con ellos, en forma de canción, vienen de mis tiempos en México, donde en un alarde de intercambio cultural la interpretamos de viva voz, para goce y disfrute de los nativos aztecas. Qué tiempos.

Para haceros una idea, podeis escuchar esta y otras insignes melodías, aunque no son del todo fieles a la letra original, que cito a continuación



En un antiguo condado
de estirpe prosaica y noble
vive un pueblo acojonado
por la Leyenda del Roble.

Afincado entre jarales
de altas torres derruidas
ve cenecer los días
entre los vastos nogales
de hojas secas y sobrías.

Y como nido de cuervos
entre peñascos acervos
de caídos torreones,
se alza un castillo protervo
de mil pares de cojones.

Era el amo del castillo,
por vida y gracia disoluta
un gachó de horca y cuchillo,
mala leche, bruto y pillo,
un verdadero hijo de puta

Se llamaba Vergabundo
de Apalanca a Punta Pala
y era el cabrón tan fecundo
que, cuando se encandilaba,
daba por el culo a todo el mundo.

Cortejaba una doncella,
de carnes duras y prietas,
una gachí cojonuda
de exuberantes tetas.

Esta moza era sin faja
asombro de medio mundo
y en su honor Don Vergabundo
se hizo más de una paja.

Caminando con sus huestes
por los caminos de Olmedo,
vió cerca de una fuente
como la niña inocente
se estaba metiendo el dedo.

Al verla Don Vergabundo,
quedose un instante fijo,
más de pronto, en un segundo,
y enarbolando su pijo
arrastrola hasta un roble
y abriéndole los muslazos,
le sacudió cinco polvazos.

La doncella, aunque cachonda,
resistiose cual un mulo,
¿Otra ronda? - gritó el Conde -
y hasta la dió por el culo.

La muchacha cayó muerta.
No se sabe a ciencia cierta
qué fue lo que la mató,
si la embriaguez de la dicha
o los tres quince de picha
que el conde la regaló.

Y aquí termina la historia de
Vergabundo, el conde noble
que jamás enemigos tuvo
pues usó siempre la picha por lanza
y los huevos por escudo

lunes, 18 de febrero de 2008

Orgullo

El orgullo, sentimiento curioso y contradictorio. Apreciado y respetado cuando hablamos de orgullo patrio, del orgullo de la manada o del padre orgulloso de su hijo. Denostado sin embargo cuando el orgullo nos ciega o alguien orgulloso se niega admitir su error.

Desde siempre me ha fascinado la fuerza lírica de Bécquer, especialmente en sus rimas. Y al respecto del orgullo, nos dejó una perla magistral

Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase de perdón...
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.

Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: "¿Por que callé aquél día?"
y ella dirá. "¿Por qué no lloré yo?"

sábado, 22 de diciembre de 2007

Caupolicán

Regresaba yo ayer de madrugada después de un ardua noche de lucha callejera cuando me sorprendió el amanecer. Venía yo ya cansado de tanta lucha, tanto viaje. Y me vino a la cabeza aquellos versos de "anduvo, anduvo, anduvo, la aurora dijo basta". Escarbé en mi memoria para recordar que era un soneto de Rubén Darío, que recordaba al caudillo Caupolicán.




Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjerretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"¡El Toqui, el Toqui!", clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: "Basta"
,e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.


Esto cuenta una curiosa forma de elección de caudillo, que técnicamente será algo así como "troncocracia" y consistía en ver quien aguantaba más portando un tronco sobre sus hombros. Parece ser que este hombre duró tres días. No sé, no es por faltar al respeto a las culturas precolombinas, pero esto de hacer jefe al más bruto del pueblo no me parece demasiado acertado. Me quedo con el poema ...

miércoles, 29 de agosto de 2007

El ciprés de Silos - Gerardo Diego



EL CIPRÉS DE SILOS


Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos
.

Sublime la poesía de Gerardo Diego, dedicada al ciprés arraigado en el monasterio de Silos. Poesía en estado puro, de métrica exacta y rima consonante. Soneto clásico, con variante ccdede en los tercetos. Musicalidad polifónica. Ritmo vibrante. Tintes épicos. Símbolo de paz interior y quietud del alma.

O tal vez no. ¿Sería una herejía dar otra interpretación a este poema tan nombrado? ¿Será solo mi mente depravada y retorcida la que ve tintes fálicos en este árbol guardián de muertos? ¿Tal vez Gerardo Diego lo escribió con una burlona sonrisa en los labios?

"Delirios verticales" - ¿Metáfora del fin de la vida o de su comienzo?
"Chorro que a las estrellas casi alcanza" - Un flujo comienza y se esparce, no permanece
"Qué ansiedades sentí de diluirme" - Dilución ... ¿en qué?

En fin, mi querido lector, a tu capricho queda tacharme de sátiro, o hacerte cómplice con una sonrisilla malévola