
Pues parece que sí, parece que se acerca la Navidad. Dulce y blanca Navidad. Durante estos días no voy a poder resistirme a una serie de entradas temáticas sobre ésta época del año y sus consideraciones asociadas, que no son pocas.
Para ir abriendo boca, me dedicaré a esa
frenética actividad que precede al acontencimiento en sí: las compras de Navidad. No sé que tendrán estos días, pero tienen un efeto cuasihipnótico sobre la gente que hace que parezca que las cosas no cuestan. Ni que las regalaran. Ni que mañana fueses a prohibir comprar.
Compramos todo lo que se nos ponga por delante, con especial predilección por aquello que no necesitamos en absoluto. Es que es Navidad. Una de las cosas que más gracia me hace es el tema de los turrones. ¿Nos gustan o no nos gustan? Porque si no nos gustan, mejor no los compramos. Y si nos gustan, ¿por qué no los venden todo el año? Es algo así como si de buenas a primeras sólo comiésemos raviolis las dos primeras semanas de Marzo.
Yo personalmente, como siempre sobra, lo como todo el año. De hecho la semana pasada acabé mi última tableta de turrón blando del año pasado, que curiosamente caducaba una semana antes de Navidad ... el viejo truco. Pero no es sólo el turrón ...

¿Alguien sabe lo que cuestan las
angulas en Junio? Probablemente no, porque parece que sólo saben bien en Navidad. La foto es porque será la única angula que veremos muchos de nosotros.
Otra cosa: me parece perfecto proteger a los niños de contenidos adultos en televisión pero ... ¿para cuándo una ley que proteja a adultos inocentes como yo de la avalancha de anuncios de juguetes?
Pero bueno, no me voy a poner del todo gruñón, hay una parte de estas compras que me gustan, y es que me da la oportunidad de visitar alguna de estas tiendas talismán, de esos rinconcillos ocultos de pequeñas sorpresas con encanto, que hacen las delicias de mayores y pequeños.
Seguro que todos conocemos alguna: son pequeñitas, con estantes llenos de cosas que saltan a la vista aunque no sepas lo que son. Con una sonrisa en cada tacita, o cojincillo grabado con tu nombre. O tal vez con un llavero que te avisa si lo pierdes. O un juego de baloncesto de sobremesa. A mí hay dos en concreto que me gustan. Una está en Madrid, en Goya, se llama
Los caprichos de Goya. La otra está en Vigo, en María Berdiales, y nunca me acuerdo de su nombre (ya me he acordado:
Exkandalo).
En fin, modérenseme en las compras, que luego vienen los lamentos. De todas formas, algo se nota, que he visto menos gente que otros años. No sé si será el
Euríbor o es que la gente se ha aburrido de vivir por encima de sus posibilidades, pero parece que estas Navidades va a haber menos regalos. Será que no hemos sido buenos ...