Bueno, va siendo hora de sacudirse la vagancia y empezar la crónica del viaje a Transilvania. A petición de Sir Robin, vamos a comenzar por Kronstadt, actualmente conocido como
Brasov.
En resumen, podemos decir que tiene cierto encanto. Es una ciudad pequeñita, que se recorre en una hora escasa, pero que tiene ciertos rinconcitos entrañables. Para ser Transilvania, está bastante adaptada al turismo, y alrededor tiene un complejo hotelero invernal realmente grande.
Pero vayamos por pasos. Kronsdat está justo al pie de una montaña bastante empinada, que casi da la sensación de un edificio muy alto. Es bastante fácil saber donde estás, por el enorme cartel que hay en la cima de la montaña. De noche se ilumina, y da un cierto aire a Hollywood, pero en rumano.

Nada más bajar del coche, te das cuenta de que esta ciudad tiene historia. No sé explicarlo, supongo que serán los edificios, las avenidas empedradas, ese no se qué que la modernidad no ha podido o no ha querido ocultar.
Ansioso por ver la famosa iglesia negra, me llevo una desilusión: la han limpiado. ¿A quién se le ocurre? Tienes un reclamo famoso en todo el mundo por ser negro, y tú vas y lo limpias. Vamos, como si cubren con Titanlux las caras de Bélmez. Para colmo, está cerrada, pero por despecho ni me importa.

Vagando sin rumbo, la ciudad empieza a cobrar sentido en cada rincón. Calles empedradas, murallas, iglesias, y un monumento a los caídos en la Primera Guerra Mundial, algo que me llamó mucho la atención.

Un poco más alla, según vas a la izquierda, una bonita iglesia.

Y mi debilidad, el cementerio. Mis compañeros de viaje dicen que soy muy macabro, pero comparto las tesis de Sir Robin que defienden que la forma de enfrentarse a la muerte define el carácter un pueblo.

Pero bueno, un poco aburridos ya de piedras vamos a buscar contacto humano, vamos a tocar un rock&roll a la plaza del pueblo.

La plaza en sí no está muy animada, pero la calle principal es un hervidero de gente que sube y baja, y el centro está literalmente invadido por terracitas llenas de gente.

Como no puede ser de otra manera, celebramos el hallazgo con unas cervecitas.

Para sentirse como en casa, nada como un cartel publicitario de un viaje a España. Un tanto caducado ya, pero es divertido ver la imagen que tienen ahí fuera de tu país.

Mención aparte merece el hecho de que, mientras nos tomábamos algo, un simpático rumando algo pasado de alcohol se entretuvo arrojando sillas de mimbre sobre los clientes de las terrazas. Momento de tensión. En España habrían saltado dientes, pero allí la gente no le dio demasiada importancia. Será que están acostumbrados.
Buscando algo de juerga, y guiados por
Internet buscamos una discoteca llamada Amnesia. Desistimos y optamos por un club cerca del hotel. 2 euros por entrar. Y ha sido una idea muy original, porque no hay nadie. Es curiosa la costumbre de asignarte una mesa para tomar las copas sentados, y la cara de asombro cuando apoyas el codo en la barra sin intenciones de moverte. Es que en España las copas se toman así.
Un par de derrapes con el coche después (la carretera de montaña se las traía), llegamos al desolado hotel invernal de verano, dispuestos a descansar tras la larga jornada. Sigshoara nos espera, pero eso será otra historia ...